Casa cogida.


La casa tiene ojos que adivinan pensamientos, ojos que vigilan nuestros jugueteos.

Solo en la imaginación Julia y yo nos pintamos el cuerno. Somos infieles de neurona sudada. Siempre pensamos en estrellas de cine mientras lo hacemos. Mi inclinación por las heroínas violentas del séptimo arte no es secreto para ella, como las suyas tampoco lo son para mí. En ocasiones enumero nombres de actores y Julia elige uno: a ése sí me lo cojo, dice, y de inmediato se siente el reproche de la casa. Como si ésta estuviera viva, emite una especie de susurro agudo y machacón. Ese aliento desconocido que recorre las habitaciones nos provoca escalofríos.

Algunos amigos, cuyas tendencias disolutas nos superan, estaban al tanto del problema. Opinaban que lo mejor era deshacernos de ella, venderla y conseguirnos un loft amplio, moderno, acorde a nuestras travesuras: un espacio libre del peso reprobatorio del hogar. Además, las casas de madera son muy incómodas, sostenían, el cambio de clima multiplica los ruidos y reacomodos del material con que están hechas. Y tenían razón, pero la casa era un regalo de mi suegro; Julia no iba a traicionar su legado.

En ocasiones, sintiéndonos observados, hemos buscado refugio en hoteles de paso, donde la falta de monitoreo de la casa facilita la completa relajación y entrega de nuestros cuerpos. Al principio, la estrategia permitió exprimirnos el jugo del amor sin culpas de por medio. Pero un día la casa salió a perseguirnos. Tuve que confesarle a Julia que en la calle me hipnotizaron unas nalgas sabrosas, abultadas, y admití que la culpa me regía. Ella, a su vez, reconoció hervores desatados por un grupo de modelos semidesnudos que promovían productos para damas en una calle, y confesó que también había sentido la mirada de la casa. Esa alucinación compartida –si acaso lo era- nos consternaba y enfriaba a la vez.

Compartíamos una desmoralización mata-pasiones. La casa, al parecer, tenía ojos que aleteaban sobre nuestros recreos sexuales, por eso debimos renunciar a nuestros juegos de rol, en los cuales fingíamos ser un par de desconocidos: un policía y una infractora, una doctora y su paciente, un cerdo infiel que se revuelca con otra cerda para acceder a orgasmos de treinta minutos, entre otras ocurrencias.

Vivimos en obligada abstinencia, durante un tiempo, hasta el día en que Julia me contó los pormenores de esa construcción. Su padre la erigió por propio esfuerzo, disponiendo de la madera obtenida con la tala de manzanos. Solo la habitó por corto tiempo y, más tarde, la rentó a un lenón que la convirtió en casa de citas. Años después, una trifulca sangrienta que dejó algunos muertos y heridos permitió a su dueño recuperar el inmueble.

Por recomendación de un compañero de trabajo, y con obvio escepticismo, acudimos a una consejera espiritual.

Al escuchar los orígenes de nuestro nido nos propuso que celebráramos una ceremonia para expulsar las almas del pasado. No quedó otra que seguir sus indicaciones: distribuimos manzanas amarillas y rojas en cada habitación y rogamos paz a los espíritus prostituidos del antiguo burdel.

También rezamos por las almas en pena que deambulaban por ahí desde los tiempos en que se produjo aquel zafarrancho mortal. Al final de la sesión nos deshicimos de las manzanas, enterrándolas en el lugar donde fueron talados sus progenitores. Los espíritus de los manzanos se volvieron alcahuetes de la lujuria, pero ya no fue lo mismo: faltaba el testigo mayor de nuestras fantasías, la fauna voyerista del viejo burdel. No culpo a aquellos amigos que ahora nos cierran las puertas de sus casas: la imposición de nuestro exhibicionismo no conoce límites. Ya ni los hoteles de paso nos satisfacen, pues tampoco cabe en ellos la mirada que fascina, los ojos que reprueban los sucios vaivenes de nuestra alcoba.

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