El malestar natural de las parejas: Odio y amor.


Hablamos de la relación amorosa como un tipo de relación intersubjetiva, es decir entre personas y sus subjetividades, que produce una capacidad para que dos personas deseen estar juntas, elaborar proyectos para sí y para la relación, una unión que procura emociones y afectos que les permiten generar una cercanía afectiva, corporal y psicosexual que los integra de manera única y armoniosa en su compartir de intimidad estable y duradera.

Es en ese momento de enamoramiento cuando sólo se expresa el afecto amoroso y compartido, donde se despegan las fantasías naturales de hacerse pareja estable del ser amado, de ser la persona más importante para el otro y el otro el más importante para uno. El deseo de estar y sentirse completo es una de las búsquedas que ese amor romántico, que, sin importar la edad, la religión, la raza o el orden social, establece que dos deseen ser uno.

A esto lo llamaría enamoramiento, ese estado donde ambos consideran que han sido elegidos para lograr la eterna felicidad con intereses, deseos y valores compartidos.

¿Qué hay de continuo en el enamoramiento?

Es la primera etapa de una relación que integra la posibilidad de pasar a la segunda fase, que es el paso del enamoramiento al amor. Es dejar lo ideal por lo real, aceptar incluir otros afectos en la relación.

Es decir, que es sano aceptar que la realidad propia y la del compañero puede ser diferente a la que se esperaba, a la que estaba en la fantasía, aceptar las limitaciones de la realidad.

No es fácil, es vivir las frustraciones, las diferencias, que el otro no es la idea que uno se había creado y que el amor no es estático sino dinámico. Esto que duele invita al sentimiento odioso a hacer su aparición.

Hay odio chiquito, pero también hay odio grandote.

¿Tenemos permiso para sentir o expresar el odio?

Del amor a la ambivalencia, ubicando que el odio puede aparecer sin que se vuelva malo ni destructivo.

Recuerdo cuando después de algunos años, Rocío le dijo a su esposo: ¿Sabes? Hoy ya te odio, pero no te preocupes porque ¡sólo te odio poquito!” … y le dio un beso.

¿Qué tal...? ¿Podríamos encontrar el valor positivo de necesitar odiar un poco al otro, o a uno mismo? ¿El odio siempre es negativo?

Culturalmente la expresión del odio ha sido reprimida porque parecería una amenaza al vínculo amoroso, pero lo que yo quisiera incluir en esta reflexión es que el odio es más viejo que el amor en el sentido filogenético, es decir, que nacemos con la capacidad de sentir odio, no necesitamos como humanos aprenderlo, y por tanto requerimos de ese aprendizaje para usarlo, para construir nuestras vidas incluyéndolo, no para negarlo ni para expresarlo sin reflexión, y ese sería el punto en este trabajo.

¿Es posible reconocer la capacidad sana de equilibrar el odio con otros afectos y ser personas amorosas y responsables de lo que expresamos?

¿Suena difícil? ¿Imposible?

¿Se podrá? ¿Qué opina tu pareja?

¿Qué opinas tú?

*Las opiniones contenidas en este artículo son responsabilidad del autor.

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