Orgasmo en discordia.


Lo encontró entre peones y profesionistas, escombrando aquí y allá hasta dar con el candidato más fuerte a la satisfacción de sus caprichos. Iba la Princesa escoltada por un trío de caballeros cuando arribó al festín de una multinacional. El candidato a Príncipe, junto a la mesa donde se erguían firmes las botellas de vino, reparó en la sed de su alteza.

Solícito ofreció la copa; ella, la sonrisa. El intercambio de cuentas de redes sociales, frases nerviosas y miradas cómplices amarró el pacto para otro encuentro. No faltó el “estalkeo” (revisión de títulos, currículum vitae, edad e inclinaciones del mancebo) para que ella dictaminara: “es un hombre especial”. El encuentro se multiplicó y, por respeto al fulano, ella omitió atrevimientos en la primera cita. También en la segunda. La tercera le resultó más difícil: estuvo a punto de besarlo en territorio demarcado por cámaras de seguridad. Tampoco le faltaron ganas de acariciarle la espada, en una de las oficinas, pero se malició la escena que pintaría la encargada de vigilancia, quien protegía la virginidad del candidato a Príncipe. Era probable que ésta se presentara, tolete en mano, a censurar el acto. La Princesa podía alegar: “fue por mutuo consentimiento, deja esposas y macana, por si se requieren”, pensó, divertida. Se contuvo, finalmente. Debía respetarlo y, con tal de abstenerse, esa misma noche ordenó el servicio sexual de uno de sus esclavos en cuanto llegó al castillo. Con el candidato a Príncipe en mente, se ejercitó encima del plebeyo hasta quedar satisfecha.

Tras quince días de arduo respeto, volvió a citarse con el candidato; ambos custodiados a distancia por sus respectivas guardias. Todo debía hacerse con prudencia para no oficializar esos encuentros y evitar el morbo de la plebe. Asimismo, para ella era menester checar la mercancía: no le fuera a salir defectuoso el principado. Mantuvo perfil bajo, disfrazándose de marchanta. El candidato a Príncipe le siguió la corriente haciéndola de herrero, con valija diplomática repleta de herramientas. Ella soltó el primer ósculo en la cuarta cita. En la quinta lanzó otro de lengüita y masaje en la entrepierna. El candidato tensó el instrumento de inmediato. “Señal de salud circulatoria”, pensó ella, divertida, y siguió con su faena hasta constatar el aguante y la ausencia de crímenes precoces. Hizo acopio de estoicismo, respetándolo de nuevo. Ya de regreso en sus aposentos serenísimos, exigió la sumisión erecta de otro súbdito para desahogar sus apetitos. Mientras hacía de las suyas con un trozo del esclavo pensó nuevamente en su “hombre especial”, incluso al momento de venirse.

Tras un mes de respeto organizó la desvirgada con cautela. Se encontraron en un complejo vacacional, seguidos por sus escoltas. Bebidas espirituosas estimularon la hazaña. Él sugirió máster suite, pero ella, calculadora, impuso el disfraz plebeyo, por si algo salía mal. A regañadientes, el candidato aceptó rentar casa de campaña, rodeada por las de otros vacacionistas. Apenas iniciado el concierto de gemidos, los escoltas apostaron a favor de sus gallos respectivos: la paga del día por escuchar quién se doblaba primero.

Era tarde, casi de madrugada. El coito largo y ruidoso regía el insomnio de plebeyos circundantes. La Princesa llegó al primer orgasmo pensando en su primer esclavo; en la segunda corrida invocó al segundo; solo a la tercera pudo deleitarse con la carne monárquica del Príncipe inminente. Sus guardias perdieron la apuesta con lujo de rubor en las mejillas. A cada venida correspondió el aplauso de los hombres que acampaban cerca. Era obvio que el candidato posponía su orgasmo a causa de la impertinencia áspera con que el suelo machacaba sus rodillas. Por ende, ella tuvo que redoblar esfuerzos en la contracción de su aparato hasta conquistar el flujo virginal del susodicho. Entonces retumbó el aplauso y las vivas rencorosas de las chicas campistas, hartas de aguantar una vigilia seca, así como la insinuación de los varones.

La Princesa concluyó que el priapismo de su nuevo Príncipe era conveniente. “Ha valido la pena respetarlo”, pensó, divertida, antes de aflojar la conciencia y caer de porrazo en la lona del sueño.

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