Relación entre hermanastros ¿es sano que se conozcan y convivan?


Por: Luisa Georgina Lemus Navarrete*

La familia es un microsistema que se desarrolla dentro del macro sistema social. Sus tradiciones, costumbres y creencias se enmarcan en la moral del contexto en el cual se encuentra inmersa, así la sexualidad y el matrimonio son temas por demás instituidos e institucionalizados.


La idea de romper con el matrimonio de acuerdo con una estructura religiosa y tradicional no es fácilmente aceptada, por lo que a su vez el tema de los “hermanastros” se inserta en una moral social de prohibición por considerarse una traición hacia alguno de los progenitores principalmente o mayormente hacia la madre.

Sin embargo, el concepto de familia se ha ido transformando a través del tiempo, actualmente el número de parejas con hijos que deciden una separación es cada vez más alto y la tendencia a formar familias re-estructuradas (unión de un hombre con hijos y/o de una mujer con hijos de una relación anterior) es más común. Pero entonces ¿deben o no convivir los medios hermanos? Tal vez la pregunta debería ser ¿pueden o no convivir los medios hermanos? Sin duda es una pregunta que sólo pueden responder los mismos integrantes de la familia. Sin embargo, vale manifestar que un sistema familiar pasa por diferentes etapas dependiendo del momento y la edad de los hijos. Primeramente, se une la pareja, después llegan los hijos, crecen y se insertan en el ámbito escolar, llegan a la adolescencia y con la adultez se van para luego reencontrarse la pareja una vez más. Durante este proceso todos los integrantes de la familia se ven obligados a hacer movimientos para el acomodo de las dinámicas que se generen en tanto son un sistema abierto y en continuo movimiento. La ruptura y separación de la pareja “obliga” a los hijos a entrar en un cambio radical no deseado (en la mayoría de los casos). Este cambio conlleva enojo por la pérdida de alguno de los progenitores y frustración por la imposibilidad de mantener “una familia unida”; ante la pérdida los grupos se cohesionan, la familia es un grupo y como tal, ejecuta el mismo mecanismo; de tal forma que el hecho de que los padres rehagan una vida marital con otra pareja y consideren la inclusión de los hijos concebidos previamente por ambas partes se agrega como un elemento amenazante y socialmente rechazado. Esto más las crisis que per-se tiene la familia en las diferentes etapas de su ciclo vital, hacen difícil la vida de una familia re-estructurada; en la que se agrega un “nuevo integrante” y a su vez quienes ya están “son también desconocidos” para el “nuevo incluido” y, desde ese desconocimiento y comprensión profundos de lo que implica una vida en común la “nueva familia” va sorteando el día a día, con “los fantasmas” (imagen de la pareja anterior), los enojos por parte de los hijos por la pérdida de uno de los progenitores, la molestia por la supuesta sustitución del progenitor “que se fue”, el movimiento de roles en todo el sistema y además, la aceptación de jerarquías no reconocidas moralmente por parte de los hijos. Por ello es sugerible que la nueva familia, si así lo decide, tenga orientación y/o terapia psicológica para abordar la crisis propia de la creación de una nueva familia (para que ella misma trabaje y defina si los “hermanastros” pueden vivir y convivir en el mismo espacio), la forma en que pueden convivir los hijos y el marco que ellos deben respetar para permitir su sana convivencia.

Ya que por supuesto no es posible tener una vida común por decreto, es decir, sólo por el hecho de que el padre o la madre decidieron tener una nueva pareja y una vida familiar que sólo ellos han decidido.

*Psicoterapeuta individual, familiar y de pareja

Coordinadora de Servicios Clínicos y Atención a Pacientes De la Clínica de Atención y Educación Psicológica ISKALTI


*Las opiniones contenidas en este artículo son responsabilidad del autor.

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